Es increíble el desconcierto que en un principio nos produce intentar realizar una sesión de la misma; o bien cuando asistimos a algún sitio con el objetivo de aprender un poco más sobre esta milenaria práctica. Procuramos aquietarnos, relajarnos, dejar la mente en blanco, y cuánto más nos esforzamos, más nos cuesta librarnos de la ansiedad. Entonces comienza el dialogo interno y mientras pretendemos meditar, nos terminamos preguntando: Qué se supone que tengo que hacer; o cómo puedo saber si aquello que estoy haciendo es realmente meditación o perder el tiempo?. Meditar es básicamente estar en el ahora, en el cuerpo y las emociones. El primer paso es estar en el cuerpo, es estar presente en la experiencia física y para ello no interesa demasiado la posición que se adopte, ya sea sentado en el suelo, en un confortable sillón o en el asiento del tren. Seguidamente me pongo en contacto con mi estado físico, la temperatura, humedad, luz y calidez del ambiente; centrando la atención en el cuerpo y en la adaptación en que se sumerge el mismo al relajarse. Lo más importante aquí es estar ensamblado con el mundo físico concreto, con las sensaciones y los registros propios del cuerpo. Luego volvemos a centrar la atención en la postura, imaginando que la cabeza flota para arriba, tal como si se despegara del cuerpo; esto permite que la columna y sus vértebras se estiren, se acomoden adoptando su propia forma y colaboren con la relajación integral. Mientras seguimos andando en la experiencia, sólo nos ocupamos de registrar lo que nos acontece en el aquí y ahora; en el cuerpo, en la respiración y nada más, en ninguna otra cosa.
El objetivo fundamental de la meditación es estar despierto y abrirse a la vida; no es sumergirnos en vivencias placenteras, fantasías o ensueños, deseando evitarla; es aprender a estar con nuestra vida tal cual es.
El segundo paso es abrir nuestra atención hacia las emociones, las experimentamos, intentamos observar qué sensaciones placenteras o displacenteras las acompañan en el cuerpo; y en la medida en que tratamos de vivenciarlas, se nos cruzaran pensamientos que deberemos rotular y abandonar para retomar el contacto con las mismas.
Aprender a permanecer sintiendo nuestras emociones, aún cuando ellas sean fuertes, sin intentar cambiar nada, nos posibilita ampliar nuestra conciencia y despejar el camino hacia el centro de nuestro ser. Cuando las mismas se tornan tan intensas que nos provocan una reacción dolorosa integral, debemos tomar una inhalación profunda que las deposite en el centro de nuestro pecho, el contenedor por excelencia de las mismas. Esto representa el tercer paso en el tránsito de la meditación; el abrirse al corazón de la experiencia. Alcanzar el hábito de respirar las emociones hacia el espacio del corazón, es obtener el máximo beneficio de la técnica; favorece para que ellas se abran paso por entre las corazas protectoras que habitualmente nos separan de lo que nos disgusta; despertando el corazón y la conciencia. De todas formas, y aún cuando la técnica que utilices sea otra, no debes olvidarte que lo más importante es simplemente estar aquí, vivenciando el momento presente; haciendo posible que la luz de la conciencia alumbre la confusión y la ansiedad del presente. Sólo así te asegurarás un pasaje lento pero seguro hacia la verdadera libertad del ser.