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Los hijos que no se quieren ir de casa

Autora: Marcela E. Diaz en exclusiva para © consultacartas.com | Todos los derechos reservados


Hoy, a diferencia de épocas pasadas, los hijos a pesar de la edad, siguen instalados cómodamente en su casa sin la mínima ganas de irse. Tanto los padres como los hijos tienen buenas razones para hacerlo. Luego de haber superado los inconvenientes de la pubertad, en la que ambas partes han sufrido las consecuencias de esta etapa, llega el momento del encuentro. Ya cuando los hijos han llegado a los veintitantos años las cosas se han serenado, luego de haber pasado por momentos difíciles, comienzan a forjarse nuevas esperanzas. Mientras que tiempo atrás parecían estar caminando por lugares totalmente distintos, hoy se han vuelto a encontrar, se han limado asperezas, han concluido las batallas y ya los padres comienzan a respirar aliviados. Es como si de nuevo volvieran a ser personas, se tornan tratables y agradables, y su futuro ya no es incierto, ya que ahora tienen sus objetivos claros y hasta alguno cuentan con un título profesional.
En la actualidad y frecuentemente, los hijos adultos no se quieren alejar de los padres, la mayoría se encuentra muy bien en casa. Se sienten agradecidos y aprovechan los servicios que se les presta. Lo cierto es que se sienten bien con la seguridad y la comodidad que les ofrece el hogar de los padres. En los años sesenta la juventud quería escapar rápidamente del control de los padres, en la actualidad esta tendencia se ha invertido y hoy son muchos los padres que querrían, por las buenas, liberarse de los hijos. Uno de los factores más frecuentes para quedarse con los padres es el dinero. Viven y comen gratis en su hogar y es así que pueden mantener su nivel de vida, de lo contrario perderían la posibilidad de tener su coche, mantener sus salidas de vacaciones y de tener su ropa de moda. Otras de las ventajas que les ofrece el hogar es un abrigo placentero, la comida a la cual están acostumbrados y la ropa lista para ser usada. La mayoría de las veces los amigos son muy bien recibidos en casa y hasta la sexualidad dejo de ser un problema. Las parejas ocasionales tienen un lugar en la mesa y en la cama, sin que haya ninguna objeción. Solo basta con una colaboración ocasional con las actividades cotidianas. Estas situaciones aportan un beneficio mutuo, ya que los hijos siguen manteniendo un nido seguro y los padres siguen apoyando, en la medida que pueden, los progresos personales y profesionales de sus hijos, sintiendo la satisfacción de participar plenamente de sus éxitos. Generalmente los hijos consideran que esta situación consuela a los padres y consolida su autoestima. A su vez, y ante el inevitable envejecimiento, los padres suelen considerar que cuanto más manifestaciones de atención reciban los hijos durante la juventud, mayor será el agradecimiento en un futuro.
Debían también considerar que no esta demostrado que estas previsiones se cumplan, por lo que las madres deberían invertir más en ellas mismas, que en el hijo, ya adulto. Cuando existe un elevado estilo de vida, los hijos consideran que tienen derecho a vivir bien, tan bien como hoy lo hacen sus padres. Ellos quieren hacer lo mismo que hoy hacen sus padres sin tener en cuenta que éstos han tenido que prohibirse numerosas cosas para lograr lo que hoy tienen.
Los hijos menores son los que están más beneficiados, ya que cuando ellos llegaron la economía familiar estaba estabilizada. Es decir tuvieron la suerte de nacer en una posición económica muy sólida, y hoy la reclaman para ellos.
Las exigencias de estos hijos de ya veintitantos años suelen provocar la simpatía de sus padres. En la actualidad un buen porcentaje de jóvenes vive a expensas de los padres, recibiendo de estos mensualidades, de tíos o abuelos propinas y debes en cuando realizan algún que otro trabajito afuera. De cualquier manera nada de esto sería suficiente para alquilarse un lugar y vivir tan bien como lo hacen en la casa paterna. Generalmente los padres por su lado, para no sentirse explotadores de sus hijos, no les exigen nada, les basta con una participación simbólica de éstos. Luego los padres comienzan a cuestionarse si no es necesario que pasen algunas privacidades para desarrollar la personalidad porque todo lo reciben con demasiada facilidad y rapidez. Algunos intentan, en vano, transmitir a sus hijos el valor de sus vivencias pasadas, durante las cuales tenían que limitar los gastos y aun así no lograban comprarse ni siquiera lo que necesitaban. Por su parte, los hijos atienden interesados estas anécdotas, pero tal vez por la falta de experiencia propia no las alcanzan a comprender.
Lo que más extraño les resulta a estos hijos es que, después de años de ofrecerles todo, un día los padres pasan a reclamar la renuncia a todo eso.

Retenerlos en el hogar: Por otro lado, hay padres que si bien, tienen la posibilidad de ofrecerles un departamento a sus hijos para que estos puedan independizarse, o la manutención, por parte de padres de clase media, aún así les parece más sensato hospedarlos en la propia casa hasta que ganen el dinero suficiente. Porque en casa tienen un lugar, y los gastos de alimentación, en el seno familiar, resulta menos costoso que fuera de casa. Los padres cuyos hijos no quieren irse de casa no tienen ningún problema, es más les parece bien que los hijos permanezcan en el hogar. Aún así, los hijos que están decididos a irse, solo les interesa su propia independencia. Por otro lado las madres que crían a sus hijos solas, no les resulta beneficioso que sus hijos abandonen el nido, porque esto significaría una supresión de la manutención por parte del padre, lo que provocaría un gran cambio económico y con esto, estas madres deberían autoabastecerse. De todo esto se deduce que no solamente existen lazos familiares pegajosos y pocos sanos, sino que también, existen factores externos que hacen que el hijo no abandone el hogar. El factor principal más importante, es la dificultad que tienen los jóvenes para conseguir vivienda, que se convierte en una interminable frustración si los padres no se convierten en agentes inmobiliarios gratuitos, porque tienen algún inmueble o relaciones para conseguirlo.

Sacando provecho: Naturalmente a todos los seres humanos les gusta calcular, regatear, sacar provecho y obtener ganancias, esto se da en lo comercial y también, en las relaciones humanas de la vida cotidiana. Para no romper con el equilibrio debe haber un balance entre lo que se da y lo que se recibe. De allí que tanto padres e hijos terminan sacando cuentas para decidir, entre irse y quedarse. La dependencia de los hijos tiene además de ventajas económicas, ventajas espirituales. Independientemente de la relación que hayan tenido con sus hijos, los padres temen el vacío que dejarán éstos al irse, experimentan una pérdida que deberán compensar y asumir. La vida misma de la casa esta proporcionada por los hijos, quienes ofrecen estímulos y distracción. Los hijos con sus amigos revitalizan la casa, y a pesar de las quejas de los padres por el desorden provocado por los jóvenes, los inquieta el aburrimiento y el vacío que sobrevendrá cuando los hijos ya no estén. Luego, con los años, lo que hoy a los padres los abruma, será un acontecimiento añorado en el futuro. Se comienza a extrañar la música alta, las llamadas telefónicas, y hasta las pequeñas insolencias. Gracias a los hijos los padres han llevado a cabo intercambio de información, se han enfrentado a temas como el sida, el medio ambiente y las manifestaciones pacifistas. Luego de la partida de los hijos, los padres se sienten estáticos y pesados. El panorama es bastante más desolador para las madres, ya que son éstas las que han permanecido más tiempo con sus hijos en la casa compartiendo charlas, cambios de opiniones, peleas, reconciliaciones.
Esta nueva etapa sin los hijos es una experiencia nueva, más tranquila y menos estimulante a la cual, los padres deben acostumbrarse. Tanto al padre como a la madre les afecta de distinta manera la ausencia de los hijos, y son las madres por lo general las que impulsan la independencia de éstos, porque necesitan estar más tranquilas, reorganizar su matrimonio y su vida. Otras madres prefieren seguir representando el mismo papel durante mucho tiempo y se aferran a los hijos, y éstos siguen, peligrosamente, siendo el objetivo de sus vidas. Aún así, las madres siguen haciendo demasiado por sus hijos y no pueden dejar de hacerlo, aunque sepan que esto no beneficia ni a ellas ni a sus hijos. Las madres prefieren hacerlo todo ellas, porque consideran que están lo suficientemente preparadas para ello y que la ayuda de los hijos solo entorpece su trabajo y por eso prefieren hacerlo ellas mismas. Por lo general, los hijos prefieren ser torpes para desligarse rápidamente de los trabajos del hogar. Bajo estas condiciones los hijos serían tontos si rechazarán esta gran oferta de servicios. Esto de ninguna manera crea hijos mimados, si los predispone a elegir una compañera o esposa que siga por los mismos caminos de la madre y así no tendrán interrupción en lo que la madre ha comenzado. La mayoría de los jóvenes, sin embargo, han comprendido un modo opuesto de la postura de la madre y si sus novias o esposas se niegan a planchar o prestar cualquier otro servicio son ellos mismos los capaces de limpiar los pisos, plancharse las camisas y hasta lavar la ropa de ambos. Este vuelco de la situación debería hacer, a las madres, rever su posición. No necesariamente los servicios de las madres terminan cuando los hijos abandonan el hogar, estos servicios pueden repartirse en las futuras casas de los hijos. De toda relación de padres e hijos surge un abanico de matices, donde se da reciprocidad y firmeza en los lazos y afectos, y una combinación de oportunismo, poder y explotación.

Características de los que no quieren abandonar la casa:
Los ambiciosos y calculadores que planifican su vida: Son los que aplican el trabajo siempre y cuando no sea exagerado y se compense con los placeres. Tienen muy claras sus prioridades y todo lo que hacen esta orientado hacia un objetivo. Se organizan de tal manera que le dan prioridad a la carrera, los estudios y la profesión, luego los trabajos temporarios que vayan surgiendo y la pareja de turno, después un espacio en blanco y por último, el tiempo libre y la recreación. Su consigna es estudiar hasta los 25 años, hasta los 50 trabajar, para procurar ganar dinero y ahorrar, para disfrutar y no hacer nada en los últimos y mejores años. Para poder llevar a cabo esta planificación, sin perder energía, nada mejor que los padres y sobre todo la asistencia de la madre quien lo desligará de los problemas secundarios. Suelen mostrarse como indiferentes y explotadores, ya que no tienen tiempo para darles un poco de atención a sus padres, ni algo que compense el sacrificio de éstos. Generalmente son jóvenes que saben realmente lo que quieren y tienen claro como conseguirlo, son hábiles y agradables. Su imagen es bien aceptada por los padres porque se encaminan al éxito. Además a muchas madres les parece perfecto sacrificarse por ellos y alivianarles todas las preocupaciones y obligaciones. Consideran que son muy trabajadores y no merecen perder el tiempo en cosas tan secundarias como las labores del hogar.

Los apegados, leales, regalones y refinados: Estos jóvenes suelen tener la habitación cubierta de póster, las camas llenas de ositos de peluches, porque sigue habiendo en ellos mucho de infantil. Aún teniendo más de 20 años no les molesta seguir participando plenamente de la vida en familia.
Les agrada sentarse con sus padres para mantener largas charlas, mirar televisión y comer con ellos, estas situaciones les suelen parecer exagerada a sus propios padres. En especial para las hijas les resulta muy ameno salir de compras con su madre, como si fuese una amiga. Estos hijos, tanto varones como mujeres valoran a sus padres, como su fuente de ingresos y como sus consejeros.
Estos hijos adultos son ideales, por el apego con sus padres, para elegirlos como aliados ante las discusiones entre la madre y el padre. Estas situaciones conflictivas suelen ser muy difíciles para estos hijos. A pesar de la posición que suelen ocupar disfrutan de la compañía de sus padres y son leales y afectuosos con ellos, respondiendo a las atenciones recibidas. Dan la impresión de no haber superado la fase oral, ya que se dejan a menudo, alimentar y mimar.
Su conmovedor apego les proporciona ganancias a sus padres, ya que rara vez, participan en discusiones y se sienten apreciados y por sobre todo respetados por sus hijos. Por esta relación que se crea con los padres, es muy difícil afrontar la separación. Con frecuencia, cuando estos hijos se mudan lo hacen a poca distancia de la casa paterna.

Los indecisos, los oscilantes, los que siempre regresan a casa: Hay un gran porcentaje de hijos adultos que por razones económica, por un amor frustrado, porque están esperando un hijo, porque han perdido el trabajo o no le han renovado el contrato regresan temporariamente a casa de los padres y no tienen la mínima intención de irse. Muchos descubren que es mucho más ventajoso vivir con los padres que disfrutar de la felicidad que puede otorgarles la vida independiente. Por lo común estos hijos no habían madurado lo suficiente cuando se fueron de casa.
Se debe considerar, además, que la distancia física que los separa, no significa precisamente haber cortado el cordón umbilical que aún, a pesar del tiempo, los mantiene unidos a sus padres. Estos hijos se van y vuelven a la casa constantemente, a veces entre esas idas vueltas suele transcurrir unos cuantos años. Estas idas y vueltas se suelen dar principalmente en las hijas, ya que los hijos eligen quedarse en casa de los padres. Las hijas se encuentran ligadas a sus madres de un modo particular y sobre todo si esas madres han estado solas para educarlas. Por otro lado, los hijos si bien están ligados profundamente con sus padres al mismo tiempo luchan denodadamente para romper con la atracción familiar, pero no pueden hacerlo. Cuando se acentúan estos deseos de cortar con las ligaduras, es cuando se producen los inconvenientes y enfrentamientos, que necesitarán la asistencia de un psicoterapeuta.

Los solitarios y provocadores, los que en realidad están en riesgo: Para poder distanciarse de sus padres algunos hijos usan como método la provocación. Para que los padres no los arrastren a la infancia y para sentirse independientes, sueles crear profundas barreras entre ellos y los padres. El negarse a colaborar, el mantener sucia y desordenada la habitación, una permanente desconsideración, constantes quejas acerca de la comida, son todos factores muy útiles para asustar y hacer enojar a las madres. Suelen mostrar su independencia asumiendo determinados riesgos, como adquirir una moto y lanzarse a recorrer caminos, lo que provoca el miedo de los padres. Pero, llegará un determinado momento que estos hijos canalizarán, por vías más constructivas, sus energías de protesta. De no ocurrir esto último, será necesario, para beneficio de ambas partes tomar la decisión de pedirles que se vayan de la casa. Por otro lado encontramos los hijos que están en verdadero peligro y realmente necesitan cuidados especiales de sus padres, por lo que deben permanecer en la casa paterna. Estos hijos tienen bien justificada la estadía en la casa. Hijos con problemas de sociabilidad, por lo que no pueden hacerse de amigos, de depresión, de droga, etc. son los que hacen sentir culpables a los padres, y éstos comienzan a preguntarse que es lo que habrán hecho mal. Estas situaciones hacen que el proceso de desprendimiento se retrase o se haga imposible de concretar. Hay que tener en cuenta que a veces el estar juntos tampoco es de mucha ayuda y para favorecer el desarrollo de ambos es conveniente que se separen. Hay que tener en claro que siempre hay una solución aunque no este en nuestras manos y debamos recurrir a especialistas.


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